Cuando golpearon las manos por primera vez, hizo lo de siempre, desaceleró sus movimientos casi a cero y buscó la mejor forma de no ser vista por la ventana. Como todas las casas que fueron construidas por el gobierno de Perón para ese barrio, esta también tenía un jardín al frente y eso dejaba unos tres metros libres entre las rejas de la vereda y la casa, de manera que no era fácil ser vista desde afuera. Sin embargo insistieron, una vez más golpearon las manos, esta vez con mayor vehemencia. Antes de que Maria pudiera buscar un mejor modo de ocultarse, escuchó que gritaban: “señora, de Mercado Libre”.
Maria había elegido la soledad y el encierro y las compras online eran su aliado perfecto para evitar salidas y sociales. Se tomó unos segundos y gritó: “voy”. Tuvo que hacer rápido para disimular con un camperon el pijama que llevaba puesto desde la mañana y salir a recibir el paquete que cambiaría su vida para siempre.
El repartidor haciendo gestos con las manos y señalando la casa del vecino, intentaba explicarle a Maria que no era una compra de ella, pero que si tenía la amabilidad de recibirla le hacía un gran favor. Maria lo pensó un minuto, de aceptar tendría que soportar luego la visita de Esteban, el vecino de la casita de al lado de la señora Lomoro. Antes de que pudiera decidirlo tenía en las manos un paquete de forma rectangular y del tamaño de una botella de vino, “no hace falta que me firme nada, dígame su nombre y su dni y con eso estamos”.
Volvió al pijama y refunfuño por haber aceptado, dejo la caja en el mueble que sostenia ademas del televisor todo aquello que no tenía lugar definitivo en la casa, pasaron segundos y una sensación de curiosidad le recorrió el cuerpo, ¿que podia haber en ese bulto apenas pesado, perfectamente embalado en una especie de nylon grueso y de color negro, que cosas compraria por internet una persona que aparenta ser tan monotona y disciplinada como Esteban?. Saco de un cajón una trincheta y le cortó la punta usada y algo oxidada dejando un filo nuevo y brilloso listo para la cirugía. Hizo un corte desde un extremo al otro a lo largo del paquete, cuidando no arruinar el carton que parecía haber debajo, tomo con cuidado uno de los bordes del plástico y separo ambas partes para dejar por completo la caja del sexshop a la vista, no entendía que era hasta que saco por completo el nylon que aún cubría parte del packaging, lo giro y en la ventana transparente de la caja aparecerio una pija de goma de unos 25cm, de color marron chocotale, con venas marcadas y una sopapa en la base de las bolas, la dejo caer mientras miles de imagenes invadian su cabeza. Si creyera hubiera rezado para volver el tiempo atrás.
Volvió a armar el paquete minuciosamente, cuidando cada detalle, coloco el plastico negro como estaba y unio con la fineza de una sutura estetica los dos bordes que habia cortado, con cinta ancha transparente pego todo nuevamente y le dio varias vueltas para disimular aun mas el corte. Por un momento pensó que lo roto podía arreglarse.
Paso todo el día esperando a que Esteban viniera a reclamar su compra, rogando no descubriera su impulso investigativo, revisaba una y otra vez el paquete, las costuras, los remiendos. Pensó en porque Esteban compraría un juguete sexual, sabía poco de él, se cruzaban a veces sacando la basura, se saludaban apenas, Maria disfrutaba ver como se mecía la silueta sobria de su vecino en la acción de encestar las bolsas en el container.
Con el pasar de las horas se percató de que si se lo entregaba de noche los detalles del envoltorio se verían menos y decidió sacarse el problema de encima y llevarle ella el paquete hasta su casa.
Hacía días que no salía a la calle. Se arregló un poco el pelo, lo estiró con las manos y se ató una cola alta. El recorrido fueron unos pasos apenas, los suficientes para atravesar la casita de la señora Lomoro. Un tapial alto, una puerta y un portón de chapa negra cubrían todo el frente de la casa de Esteban, a la altura de la puerta y embutido en el tapial había uno de esos timbres modernos con cámara.
Maria lo hizo sonar una vez y espero impaciente que le respondieran, acercó su cara al parlante para intentar escuchar cualquier mensaje que viniera desde adentro.
El porton negro se movio de repente, desde adentro se escucho un grito: “pase Maria”.
Esteban tomó el paquete, lo examinó y lo dejó en el apoyabrazos del sillón que tenía más cercano, avanzó lentamente hacia ella, la miró y le dijo: “resultó curiosa la vecina”. Maria pensó en retroceder y salir corriendo, pero en cambio avanzó dos pasos largos y con la mano que quedó por detrás cerró la puerta. Estaba agitada. La boca de Esteban rozaba apenas lo dos centímetros de distancia. Dejo de pensar. El beso fue largo y húmedo, las lenguas apretadas entre sí, como haciendo fuerza, empujando, ensamblando aún más un cuerpo contra el otro. Maria sacó de un solo movimiento la remera de Esteban, el vello afeitado de un par de días le pinchaba mientras se hacían un ovillo en el sillón. Esteban agarró el paquete y lo abrió con los dientes, sacó el consolador de goma y antes de decir cualquier cosa, Maria lo penetraba una y otra vez provocandole un orgasmo prostático que lo inmovilizó por unos minutos.
Esteban se incorporó en un gesto de torpe motricidad, miró a su vecina y dijo: “su turno”.
Maria ocupó el sillón a lo largo, dejando todo el cuerpo a disposición de su vecino, él se arrodillo frente a ella y separó sus pies levemente, la pierna que quedaba colgando la apoyó en la mesa ratona del living quedando por dentro de esa autopista de carne. Recorrió con su lengua la parte interna de las piernas, marcando un camino de brillo tibio, con saliva, desde los pliegues de las rodillas hasta llegar al borde de los labios. Con la yema de los dedos dibujaba círculos alrededor de los pezones de Maria, ella separó aún más sus piernas, lo agarró del pelo y le indico el lugar preciso para hundir la lengua, fueron unos minutos hasta que con un empujón en la frente lo hecho hacia atrás mientras parecía tiritar del placer, continuo así unos segundos, Esteban miraba, Maria se llevó una de sus manos a la boca, la humedeció y se tocó frente a su vecino hasta acabar dos veces más.
Todos los meses al grito de “Mercado Libre” llega a la casa de Maria un paquete para Esteban, perfectamente embalado en plastico negro y del tamaño de una botella de vino.