Abro buscando las respuestas que nunca me dieron, indagando en su lenguaje cotidiano, captando algún código encriptado que ese bendito objeto pueda guardar. Máscara y disfraz de sus pecados y engaños. Justificativo infinito de tantas acciones y decisiones. 

La agarro, ojeo sus páginas y me hace estornudar. Me genera escalofríos de solo pensar que esconde tantos años de mi vida. La miro y no me reconozco. Busco desesperada una respuesta. Se me erizan los pelos en esa mezcla de odio y desesperación. Pero no dejo de buscar. Una pista, un detalle.

Se hace media noche y siento los ojos pesados como dos rocas enormes. Mi sangre es cafeína, pero generé un anticuerpo y otra vez, no sé cuál es mi sangre.

Rompería cada asquerosa página. La prendería fuego a ella, la iglesia, con el cura y mi familia adentro. Volaría a la mierda esas creencias. Bueno, los que por 36 años se hicieron llamar familia y hoy no sé quiénes son. 

Estoy sentada en un sillón a cuadros en tono verde musgo, en el fondo de la casa, buscando una especie de cueva mágica que me saque de tanto caos. Me veo rodeada de manchas de humedad que alimentan mi delirio místico, viendo en ellas la oscuridad y el olor acre que me generaron esas dos personas que se hicieron llamar, mamá y papá.

Tal vez sea buena idea parar un poco. Ir a la iglesia, hablar con el cura, sacarle algo de información. Y después sí. Después prenderla fuego. Seguro algo sabe. Seguro algo le contaron en esos martes de confesión innegociables, donde desde los dos años me dejaban sola o a cargo de alguna vecina con tal de ir a chupar ostias un rato. Seguro le contaron quién es mi verdadera madre. Seguro le contaron dónde está. Seguro él los ayudó a que se deshiciera de mí. Seguro él, me entregó a ustedes.

Ya lo sé mi mamá está muerta, pero ustedes, aunque me de vergüenza pensarlo, también están muertos para mí.

En ese ataque de locura, logro volver por un momento a mí, inhalo, exhalo, y en ese exhalar nombro a Rocío, en el poco aliento caliente que comienzo a recuperar. Mi respiración es algo más lenta. Ya no tengo una estampida de caballos golpeando en mi pecho. Agarro el teléfono y la llamo. 

Insisto una, dos, tres veces. A la cuarta, una voz se escucha del otro lado. Era Rocío. Nunca me percaté de que eran las 4 de la mañana de un lunes. Atiende algo asustada. Me la imagino con el pijama a lunares azul que siempre usa, los pelos en la cara, el antifaz de seda sin el cual no puede dormir, y un aliento a perro muerto que desde acá llego sentir. Trato de calmarme para no horrorizarla, necesito su ayuda. Rocío siempre encuentra las palabras, igual que en los días en que recorría conmigo los pasillos oscuros de la escuela, donde cada mirada de las estúpidas de mis compañeras de curso se clavaban en mí como un filo frío.

Le cuento la situación, ya algo le había insinuado en aquel café del viernes. Creo que ahí no lo entendió, no lo quiso escuchar, o tal vez, lo minimizó. No sé. Eso no importa ahora. 

Dudo de mi identidad. Dudo de mi historia. Dudo de mi sombra. Dudo hasta de si alguien está escuchando esta conversación telefónica con la intención de abortar la búsqueda de mi propio génesis.

Entiende que veo en ese objeto el reflejo de dos viejos mentirosos, ocultadores de mi verdad. Pero ahí no hay respuestas, solo unas cuantas historias que buscan calmar un poco la incapacidad de tolerar el no saber del ser.

Se hace una pausa. Un silencio largo. Rocío intuye lo que puede pasar. 

Intento seguirla en su monólogo. Trato de que no se me vaya la cabeza. Entre las palabras se vuelve a aparecer la idea del supuesto espía telefónico. Cómo para ese entonces ya habría llamado a toda una patrulla para que ponga a resguardo al cura en un pasadizo secreto, pongan vallas afuera de la iglesia, una brigada antibombas y un ejército armado en la puerta de mi casa.

Vuelvo a escuchar la respiración al otro lado, sospecho que se está acomodando. Rocío suspira y yo trato de aferrarme a ese sonido, como si fuera un ancla. De pronto me doy cuenta de que no sé si sigo hablando con ella o con la voz que invento para no sentirme sola. 

Seguía diciendo mi nombre del otro lado, pero ya no llegaba. Era como si su voz se ahogara en un pozo profundo donde no podía alcanzarme.

La línea cruje, se corta por un segundo, y pienso que quizás no hay nadie. Nada me es suficiente.

Abro el cajón del escritorio y, en la penumbra que envuelve la habitación, mis dedos encuentran un cuchillo que espera en su rincón habitual. Aún conserva filo. Camino hacia su cuarto con la convicción de ejecutar la jugada mortal. 

Entré. Los vi. Levanté la mano. Los miré fijo, esperando que abrieran los ojos, que dijeran algo, cualquier cosa que justificara todo. Pero no dijeron nada.
Y justo ahí, una luz tenue, se filtró desde la mesita de luz, desviándome de mi objetivo. Era ella: la Biblia.

Me acerqué. La misma tapa gastada, las hojas amarillas, el olor a encierro y a misa de domingo. Y entonces vinieron las imágenes: el patio de aquel verano, el calor pegado a la piel. Yo jugando sola en mi habitación, con la curiosidad de quien todavía no sabe qué es lo prohibido.
El cuerpo respondiendo antes que el pensamiento. Un movimiento pequeño, secreto, inocente. Y después, la culpa. Esa sombra que alguien me enseñó a sentir.
“Dios todo lo ve”, había dicho él. “Tu cuerpo es un templo”. Yo quería entender qué significaba eso. Por qué si era mío no podía tocarlo. Por qué lo que me daba ternura me hacía llorar después.

Recuerdo el día de la comunión. El vestido blanco, las flores de plástico, las manos entrelazadas. Quise confesar, pero las palabras se me atragantaron. No sabía cómo decir lo que ni siquiera entendía. El cura me miró fijo, como si adivinara. Y yo bajé la cabeza, con la vergüenza como rosario.

Siento rabia, náuseas, alivio, mientras la luz del libro sigue encendida, desafiándome. Y entonces, clavé el cuchillo, saldando algo de mi deuda, pensando en que los próximos, son ellos. 

Fueron una, dos, tres veces. Treinta, quizá. No sé. Lo único que sé es que al final me corté. La hoja se hundió un poco en mi mano y vi la sangre. Por fin supe cuál era la mía.