Salimos del colegio con los chicos y la tarde estaba maravillosa. Se me acerca al auto la mamá de Lucio y me propone algo sorprendente: dejar a su hijo y al mío con su mamá y tener una experiencia diferente. Me preguntó si conocía el swingerismo, a lo que le contesté que no. Ella me decía que era lo máximo, algo así como conocer a los dioses del Olimpo en materia de sexualidad. Me quedé boquiabierta, no sólo por la propuesta sino porque no me hacía ese perfil de esta mujer. Llamé a mi marido y le consulté: él, tan sorprendido como yo, aceptó sin dudar. Raro que resuelva algo tan rápido, por cierto. Tenía que hacer el sacrificio de no asistir al fulbito de los jueves, pero esto era más interesante que un puñado de malos pases y un asado post partido. Quedaron los chicos donde habíamos planeado y arrancó el ritual. La casa de Viviana y Pablo era tan lujosa como inmensa. Nunca había ido. Primero comimos y bebimos variada y copiosamente. Después, un rato de charla y juego erótico previo. No fue una “previa” cualquiera: fue ese tipo de clima que se arma sin apuro, que se va tensando como una cuerda afinada. La luz tenue del living dejaba un resplandor dorado sobre las paredes. El aire tenía un aroma cálido, mezcla de perfume amaderado y vino tinto recién servido. La música —un jazz lento, casi susurrado— parecía moverse entre nosotros como un tercer invitado. Al principio hablamos de cualquier cosa, pero la conversación fue mutando sin que nadie lo señalara. Los silencios empezaron a decir más que las palabras. Las miradas se alargaban un segundo de más. Los gestos se volvían suaves, calculados, casi hipnóticos. Viviana rozó mi cintura con una mano que no parecía accidental. Pablo me miraba como si cada frase mía fuera un secreto. Mi marido, entre divertido y nervioso, se acomodaba sin saber muy bien qué hacer con sus manos. Las copas se vaciaban, las distancias se acortaban, las rodillas empezaban a chocarse con una naturalidad sospechosa. Hasta que la atmósfera cambió del todo, y los cuerpos empezaron a conversar con proximidades más que con palabras. Llegado el momento del intercambio, dejé en claro que sólo cambiaría de pareja masculina: no me interesan las mujeres. Por suerte, mi plegaria fue acatada. Preferí concentrarme en eso y no enfocar la visión en el desempeño de mi pareja con Viviana. No sólo por celos o pudor: era como si hubiera dos escenas sucediendo en paralelo y yo eligiera la que podía sostener sin desordenarme. A un costado escuchaba risas breves, un susurro, el roce de alguien moviéndose en la alfombra. Sabía que ahí, entre ellos dos, había torpeza inicial y entusiasmo contenido. Pero si giraba la mirada de más, me quedaban imágenes que después no podría archivar tan fácilmente. Por eso enfoqué mi atención en Pablo, en su boca medida, en la cadencia tranquila con la que me guiaba. Si miraba lo otro, lo que intuía sin ver, se me mezclaban deseo, orgullo, espanto y curiosidad… y nada bueno iba a salir de ese cóctel. Pasaron las horas. Todo era inmejorable hasta que un ruido a vidrio roto nos heló la sangre: entraron a robarnos. Un par de malhechores que, ante semejante morada, no pudieron resistir ver y manotear lo que encontraran adentro. Contará la leyenda, que la mejor noche de sexo de mi vida se vio interrumpida por un par de delincuentes. Imagínense el contexto: cuatro personas desnudas, sin saber ni cómo cubrirse, tratando de explicar la situación a desconocidos armados. Era tan bizarro que el instinto de llamar a la policía quedó en segundo plano. Nos mirábamos sin saber quién debía hablar. Nuestro plan se había desintegrado, y el de ellos también. Y ahí, cuando el silencio ya era insoportable, mi marido decidió convertirse en héroe. Héroe en un sentido… generoso. Porque estaba completamente desnudo, desorientado y con una media colgando del tobillo, como si fuera el vestuario mínimo de un superhéroe low cost. Avanzó un paso. El piso frío le hizo fruncir todo, pero él mantuvo la compostura. Se aclaró la garganta y, con voz solemne, dijo: —Chicos… ¿se pueden ir? Estamos… en medio de algo. Los ladrones lo observaron como si estuvieran frente a un fenómeno científico. Uno bajó el arma por desconcierto puro. El otro evaluó si mi marido estaba actuando, drogado, o simplemente era así. Animado por la atención, mi marido redobló la apuesta: —Si quieren volver más tarde, toquen timbre. Ahí Viviana se tapó la cara, yo tuve un ataque de risa nerviosa que parecía hipo, y Pablo rezaba internamente. Los ladrones, completamente superados por la escena, retrocedieron, chocaron con un puf rojo y salieron prácticamente pidiendo disculpas por interrumpirnos. Si no fuera por esa desnudez heroica y ridícula de mi marido, hubiéramos vivido un infierno. Pero no: esa noche, contra toda lógica, la desnudez ganó la batalla.