Cada lunes, desde hace cinco meses, Liliana repite el mismo recorrido. A las tres en punto comienza a prepararse, se pone uno de sus mejores vestidos, un sombrero según la temporada y lleva su cartera grande de cuero. Sale de su piso frente a la Biblioteca Nacional, camina despacio pero con seguridad las pocas cuadras que la separan de Plaza Francia y llega a la Iglesia. A veces compra una bolsita de garrapiñadas (las favoritas de Luis), y cuando junta suficiente coraje entra al cementerio.
Dentro del Cementerio de la Recoleta se mezcla entre los visitantes y recorre las calles que tan bien conoce. Hace un calor tremendo. Le sudan las palmas de las manos y se las seca contra el vestido sin detener la marcha. Una gota de transpiración baja desde su nuca hasta su cintura atravesando toda su espalda.
Antes de llegar a su destino, se para frente a panteones famosos y los admira. Tiene un recorrido armado que respeta todas las semanas, salvo alguna pequeña improvisación. Frente al panteón de Victoria Ocampo descansa unos minutos rezando y le deja una rosa blanca. En la tumba de Sarmiento se persigna, acaricia la piedra de la lápida y se besa la mano. Por último, se detiene frente a la tumba de Liliana Szaszak, su tocaya, que quedó inmortalizada en un monumento junto a su perro, al que le acaricia el hocico unos segundos antes de seguir su camino. Luego de fundirse con el lugar, cuando ya siente que sus pies están cómodos con esa tierra, se acerca con firmeza a la morada de Luis Iraola.
Un mes después del fallecimiento Liliana le contó a su hermana Silvia lo que quería hacer. Con frases cortas y confusas, con una mezcla de timidez y miedo se animó después de varios balbuceos a decírselo. Silvia reaccionó con horror en los ojos, le siguió un silencio gélido y unas pocas palabras recriminatorias. Nunca más hablaron del tema.
Frente al panteón de la familia Iraola se detiene unos instantes a contemplar la placa que inscribe más de treinta años desde la muerte de Luis y la leyenda: Con profundo pesar y amor eterno te despide tu esposa y compañera incansable Liliana Rosa Pereyra de Iraola. Te amará por siempre y ansía pasar el resto de la eternidad junto a ti.
Saca la llave de su cartera y abre la puerta pesada de hierro con decisión, pero es un umbral que siempre le cuesta atravesar. Allí adentro el tiempo se suspende: la penumbra la recibe como un refugio íntimo; el olor a humedad le resulta casi reconfortante. Prende una vela, deja una flor y llora en silencio. El mismo ritual se repite todas las semanas.
Meses atrás se había quedado en el cementerio pasada la hora de cierre. Le pidió hablar a solas a un hombre viejo, vestido con un mameluco gris, que trabajaba en el mantenimiento del cementerio. Frente al panteón de Juan Manuel de Rosas, le deslizó la llave del panteón de Luis y dos billetes de cien dólares, de los nuevos, azules, sin arrugar ni doblar, crujientes. “Haceme bien el trabajito y te doy dos más de esos” le había dicho al hombre. El viejo miró a Liliana con dudas pero accedió y en menos de dos horas el trabajo estaba hecho. Seguramente no era la primera vez que le pedían algún favor del estilo. Liliana lo esperó en La Biela, donde el hombre le mostró una foto en su celular y Liliana pagó su promesa.
El recuerdo fugaz de una tarde mágica en la playa en la que se emborracharon, hicieron el amor y se juraron estar juntos por siempre, incitó a Liliana a finalmente tomar acción. Ahora era posible. Recuerda los hombros huesudos y bronceados de Luis aquella tarde y sonríe con nostalgia. Añora esos lentos que bailaban juntos en el hotel después de la cena, en los que Liliana dejaba descansar su cabeza sobre los hombros fuertes de Luis. Lo extrañaba muchísimo.
Cuando sale del panteón mira en todas las direcciones, incómoda con que alguien la vea. No es raro para los visitantes ver a seres queridos darle los respetos a sus difuntos en panteones y mausoleos, pero en su caso prefiere pasar desapercibida.
A las cinco de la tarde sale del cementerio y comienza su peregrinación de vuelta a su piso de viuda. Su andar tiene una mezcla de alivio y culpa, como si estuviera dejando atrás una frontera que no debería traspasar. Lleva su cartera aferrada al cuerpo, haciendo fuerza con el codo sobre las costillas.
Cruzando Av. Pueyrredón tiene la sensación de que la siguen y le parece ver una sombra por el rabillo del ojo. Gira la cabeza con brusquedad pero no hay nadie. Siempre vuelve atenta de su visita al cementerio, y a veces la paranoia le juega una mala pasada.
Unas semanas atrás, volviendo del cementerio, apenas atravesó Plaza Francia, sintió una necesidad urgente de ir al baño. Estaba cerca de su casa pero sabía que no llegaría a tiempo. Entró a un café de la calle Junín y sin frenar exclamó a una moza: “Voy al baño y me siento a tomar un café”. Se sentó en una mesita individual y, agarrada con empeño a su cartera, pidió un cortado en jarrito y un crumble de manzana, el postre preferido de Luis. Él lo pedía con una bocha de helado de americana. Tomó el café y comió la torta con impaciencia, sin soltar nunca la cartera que apretaba contra la panza con la mano izquierda, mientras que con la derecha tomaba de la taza y manipulaba la cuchara. Recordó a Luis en cada bocado del crumble, en la acidez de la manzana y en el dejo de canela en su boca. Ese día se sintió un poco más cerca de él.
Ya en su departamento, repite el ritual de los lunes: se sienta en el living, toma una medida de Jack Daniel’s, sin hielo y de un solo trago, como solía hacerlo Luis, y con el coraje del alcohol busca en su cartera el tesoro del día. Hoy es uno grande, pesado y doloroso: es la clavícula de Luis. Es larga y puntiaguda, con una suave forma de ese. La ubica con manos temblorosas entre el resto de los huesos y admira el esqueleto de su marido, que está cada vez más cerca de ser completado. No siempre se anima a traer algo, pero cuando lo hace la invade una inmensa sensación de deber cumplido.
Cubre los huesos con una manta blanca y murmura: “Mi querido Luis, ya falta poco para estar juntos de nuevo”.

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