Dicen que soy dura, fría y capaz de matar sin el más mínimo remordimiento. Lo tomo como como un cumplido. Hay que estar en mi lugar. No es fácil ser parte de la Policía Bonaerense, donde todos los días puede ser el último.
Desde que entré a la Fuerza me tocó hacer las rondas con el “Gordo” Ramírez. Es un buen policía pero ya no está para estos trotes. ¡Ojo! no me quejo, pero es un poco cagón. Le cuesta soltar la manito. Y si no es para gatillar… ¿para qué tiene una pistola en la cintura? ¿de adorno? La verdad es que el “Gordo” prefiere hacer adicionales en la puerta de un supermercado a meterse en un barrio picante para reventar un bunker narco.
Ramírez lleva más de 15 años en la Policía. Está cansado. Todos los días repite que tiene ganas de jubilarse, aunque le falta mucho para eso. Quiere vivir tranquilo. Sueña con mandarse a mudar y meterse en una empresa de seguridad privada, para monitorear edificios desde la pantallita led de un tótem. Yo, ni en pedo. No es lugar para mí. Ahí no hay armas, falta acción.
No sé si es porque tiene dos hijas chicas y miedo de dejar viuda a su mujer, pero ya no es el de antes. La semana pasada dos pibitos limados por el paco atracaron una farmacia cerca de la rotonda de San Justo. Si no fuera por Rojas no la contábamos. Los pendejos querían pastis para su próximo viaje o para venderlas y comprar pasta base al por mayor. Rivotril, Alplax o Tramadol, cualquier frula les venía bien. Pero tuvieron la mala suerte de que nuestro móvil andaba por la zona y llegamos antes de que pudieran tomarse el palo. Cuando entramos y dimos la voz de alto, se asustaron y uno de los guachos tomó a un farmacéutico de rehén, apuntándole a la sien con un caño tumbero. El resto de los empleados y un par de clientes estaban boca abajo contra el piso. Acorralado, su compañero bajó el arma y se entregó mansito y cagado en las patas. Pero el otro flaco no aflojaba, estaba re manija. ¡Rajen de acá porque lo quemo!, gritaba. El “Gordo” Ramírez lo tenía en la mira. La tensión era agobiante, se sentía en el aire. En eso el ladrón le quitó el seguro a la pistola. Había que actuar. Tirá, tirá, le dije por lo bajo, pero se quedó petrificado. Se escuchó un disparo. Confieso que me excité un poco; ese sonido es música para mis oídos. Me alivió ver abatido al ladri gracias a la mano salvadora de Rojas. Ese sí que es rápido de reflejos, donde pone el ojo… mete plomo. Punto para Rojas, que va ganando por goleada. Por suerte al “Gordo” no lo sumariaron. El gorra mayor se apiadó y le perdonó la vida.
Los muchachos son buena gente, aunque un poco machirulos. Durante las rondas se la pasan hablando de pistolas, de fútbol y de minas. Y yo onda “¡Hello!...acá estoy”, pero ni me registran. Mucho menos me dejan meter bocado.
Cómo andará de mal Ramírez que un día, durante una guardia, salió de raje por una pelea entre barras bravas y se fue solo, me dejó de garpe en la Comisaría, en el escritorio, tapada de expedientes, como si fuera un cero a la izquierda. Esa me quedó grabada. No se la perdono.
Es un tipo honesto pero por su carácter bonachón lo tienen marcado como un boludo. Una vuelta cayó una banda narco y un compañero le ofreció repartirse la mitad de la merca y la guita incautada antes de que llegase el fiscal, pero no agarró viaje. Se cagó en las patas. Ahí le hicieron la cruz. En la cana, para sobrevivir, hay que aprender a nadar entre tiburones.
La última vez que laburé con el “Gordo” fue en el robo al Banco Provincia que está frente a la Plaza San Justo. Una banda ingresó con la intención de vaciar la bóveda. No eran improvisados. Tenía un buen plan y un chivato adentro que les tiró data fresca: ese viernes había en la caja fuerte más de 5 palos verdes. No era una suma habitual para una sucursal de La Matanza.
Los chorros llegaron en un falso camión de caudales, completamente pintado de amarillo y ploteado con la gráfica de Prosegur. Todos estaban lookeados con ropa de la empresa y a cara descubierta. Nada hacía suponer que se trataba de un atraco.
Primero bajaron dos uniformados, mientras que el chofer esperó en el blindado, como marca el protocolo. Pero en cuanto los falsos guardias de Prosegur redujeron a la seguridad del banco, desde el vehículo salieron otros cinco maleantes. Iban armados hasta los dientes: Itacas, escopetas semiautomáticas y varias armas cortas.
En menos de cinco minutos habían ingresado y neutralizado a empleados, a la seguridad y a los pocos clientes que había dentro. Tres ladrones encañonaron al gerente del banco y lo llevaron de los pelos junto al tesorero hasta la caja fuerte. La bóveda tenía un sistema de identificación facial y doble combinación que se abría a través de dos claves: una estaba en la cabecita del gerente y la otra en la de su tesorero.
Los ladrones necesitaban de la buena voluntad de ambos bancarios. Si por error o por picardía ingresaban un número incorrecto, automáticamente se bloquearía por 24 horas y dispararía una alerta al 911. Pero a punta de pistola ninguno quiso hacerse el vivo y la bóveda se abrió como por encanto. Con vía libre a la biyuya, los maniataron y comenzaron a llenar los bolsos.
Por esas putas casualidades, mientras el grupo comando tomaba el control del banco, el “Gordo” y yo estábamos en el subsuelo, en sector de cajas de seguridad. En ningún momento escuchamos nada, ahí abajo es una tumba. Ramírez había ido a buscar unos dólares que tenía ahorrados y un reloj de oro que había heredado del viejo. Lo iba a hacer guita para cambiar el auto. Rojas siguió de largo con el patrullero y estacionó del otro lado de la plaza, frente a la parroquia. Dijo que iba al Mc Donald’s por unos cafés. Se había clavado dos RedBulls pero seguía con sueño. La noche anterior había hecho adicionales en un boliche y se le cerraban los ojos.
A los pocos minutos escuchamos dos detonaciones. Recién entonces nos dimos cuenta que algo pasaba en el banco. Uno de los ladrones había disparado al techo para callar a un empleado al borde de un ataque de nervios. ¡Qué manera de gastar balas al pedo!, pensé, si con un buen culatazo es suficiente. El “Gordo” avisó por radio a Rojas y a la seccional.
Con un instinto paternal que me puso la piel de gallina, Ramírez me agarró fuerte y salimos del sector de cajas de seguridad. Nunca lo había sentido así. Desembocamos en un pasillo donde nos recibió un rocho armado como para ir a la guerra. Llevaba un pasamontaña y solo se le veían los ojitos. El muy maricón se cubría detrás de una mujer preñada. Ya no quedan hombres de verdad. Cada tanto le apuntaba a la panza y amenazaba con volar al bebé. Desde arriba empezaron a llamarlo. “Vayan saliendo que ahí subo”, gritó el ladrón sin dejar de apuntar a la embarazada.
Mientras en la puerta del banco un grupo de patrulleros impedía la fuga y Rojas disparaba contra todo lo que se movía, el ladrón comenzó a caminar arrastrando a la mujer, que no paraba de llorar. Lo teníamos en la mira, pero con la chica adelante era muy arriesgado disparar.
No me gusta alardear y tampoco quiero spoilear el final, pero aquella mañana me convertí en heroína: salvé la vida de la embarazada y de su bebé. Cuando la joven llegó a la escalera, tomada del cuello por el ladrón, tropezó y cayó redonda al suelo. El ladri quedó sin escudo. Todavía le apuntaba a la mujer, pero era blanco fácil. Yo sentí que era mi momento. Esta vez el “Gordo” no dudó y gatilló. Salí disparada. Fui certera. Derecho a la frente. Acabé con su vida y con la mía. El riesgo de estar en la Fuerza. Cuando el forense se acercó a verme ya no había nada que hacer, solo marcar mis restos agonizantes con cinta blanca en aquella pisoteada alfombra verde.

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